El 14 de octubre pasado, dos jóvenes estudiantes que forman parte del grupo de activismo climático “Just Stop Oil” (Solo detén el petróleo) le lanzaron sopa de tomates a la obra Girasoles de Van Gogh en la Galería Nacional del Reino Unido en Londres y pegaron sus manos al marco de la pintura, mientras lanzaban mensajes de protesta contra la falta de acción de su país para frenar el cambio climático. El incidente dio la vuelta al mundo y pronto inspiró otras protestas similares; a la semana siguiente personas representando la agrupación alemana “Letzte Generation” (La última generación) le lanzaron puré de papas a una obra de la colección de Almiares de Monet en el Museo de Barberini en Alemania. Desde entonces, el mismo modus operandi de manifestación se ha visto en varias instancias, dañando obras como La chica de la perla de Vermeer, Las Majas de Goya y una estatua de cera del Rey Carlos III.

Muchos vemos estas protestas y nos cuesta entender el mensaje que se quiere transmitir, no parece haber una conexión muy obvia entre las obras de arte y la crisis climática. ¿Que tienen que ver los pintores con el medio ambiente? Los manifestantes han señalado que buscan cuestionar las prioridades de nuestra especie en cuanto a temas de conservación. Nos invitan a preguntarnos cómo es posible que seamos capaces de conservar estas antiguas obras de arte, pero nos negamos a cuidar el planeta en que vivimos.

A pesar de estas aclaraciones, hay una distancia que cuesta eliminar entre acto y contenido. El vínculo entre el espacio intervenido y la reflexión a la que se quiere llegar es muy lejano. No es amarrarte a un barco ballenero, o subirte al último árbol milenario de la Patagonia, donde tu acción activamente está impidiendo el avance de una fuerza destructiva sobre nuestro entorno. Por esto, la protesta parece quedarse en el acto violento y no cumple su función de mover al espectador hacia la reflexión.

¿Es raro que nos perturbe que se destruyan elementos invaluables y no alcancemos la reflexión intencionada? No, no es realmente culpa nuestra ni de los apasionados manifestantes, la reflexión climática siempre ha sido compleja. Indignarse por el estado de nuestro medio ambiente requiere tener conocimiento y estar sensibilizado en el tema. El cambio climático se ve como una categoría de desastre muy lejana. En general sabemos que está sucediendo, pero no se nos presenta en el día a día, no cambia drásticamente nuestras vidas. Por todo esto, nos es más fácil simplemente indignarnos por el acto violento que se hace en el museo, comentarlo y discutirlo, pero es difícil que lleguemos a hacer el trabajo intelectual de qué hay detrás.

No estoy en contra del activismo, creo que es muy necesario y ha logrado grandes cosas. Los actos disruptivos y la desobediencia civil son ciertamente una forma eficiente de movilizar temas en la esfera pública, pero creo que para esta causa debemos buscar otros espacios. La lucha contra la destrucción del mundo se gana cuidando lo que amamos, no destruyendo lo que odiamos. Y para eso es necesario enseñar a cuidar, manifestarnos de forma cocreadora y propositiva.

¿Cómo lo logramos? De muchas formas: educando el pensamiento crítico sobre el medio ambiente y nuestras interconexiones, fomentando en la gente el interés desde pequeños, haciéndolos parte del cambio, promoviendo la innovación e investigación, desarrollando valores y normas que se hagan cargo de nuestro entorno. En definitiva, la solución pasa por hacer del respeto al entorno algo común y para eso es clave generar confianza sobre las instituciones, por medio de transparencia, comunicación y accountability.

A través de estas acciones, nosotros mismos podemos mejorar nuestra relación con el entorno, hacerlo parte de nuestro quehacer. No puede ser algo ocasional, debe ser algo cotidiano y permanente, o si no, solo nos acordaremos cuando alguien le tire sopa a una pintura.

Rodrigo Salvatierra
Sub Gerente de Ingeniería, Desarrollo e Innovación
Estudiante de Master of Science in Industrial Ecology de la Universidad de Leiden y la Universidad Tecnológica de Delft

Rodrigo Salvatierra

Sub Gerente de Ingeniería, Desarrollo e Innovación
Estudiante de Master of Science in Industrial Ecology de la Universidad de Leiden y la Universidad Tecnológica de Delft

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